La lista que no tiene indicadores de éxito de las líderes y empresarias
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Por: Catalina Jiménez Combariza- Directora y Fundadora, Sentidos Comunicaciones
Artículo publicado en https://forbescentroamerica.com/

Ser líder, mamá, empresaria y cuidadora a la vez, aunque no todo salga perfecto.
Tengo una relación extraña con las listas. Hago listas para el mercado, para el trabajo, para la vida, y hasta listas de mis listas. Mi mayor placer culposo es pasar el resaltador por las tareas cumplidas, como quien se cuelga una medalla. Por eso no me sorprendió que, arreglando papeles, encontrara la carta que me escribí a los 25 años y que fuera, cómo no, una lista: un recuento de lo vivido en 2006 y los planes que venían, cuando vivía sola en Bogotá, coleccionaba novios que bautizaba por oficio y anotaba, orgullosa, cada logro: vivo sola, tengo una empresa, gané un cliente.
Veinte años después, ya con 45, la lista es otra, y aprendí algo que ningún resaltador alcanza a registrar: lo que de verdad importa casi nunca cabe en una lista, no tiene indicadores claros y rara vez se ve.
Hoy tengo una hija de 11 años y una agencia que cumple 22. Dirijo las dos al tiempo: soy mamá y directora 24/7, con el mismo cuerpo, la misma cabeza y las mismas horas del día. En una sola tarde puedo ser CEO, periodista, enfermera pediátrica, chef, psicóloga de crisis y organizadora de cumpleaños. Reviso una propuesta mientras firmo la agenda del colegio, corro a una clausura de piano y respondo una llamada urgente del trabajo.
Lo de ser empresaria (y muchas cosas al tiempo) no es solo mi historia: en Centroamérica emprender es cada vez más cosa de mujeres. En Guatemala, una de cada tres ya tiene su propio negocio (de las tasas más altas de América Latina), y la región supera el promedio latinoamericano de mujeres emprendedoras (GEM, 2024/2025). En El Salvador, incluso, cerca del 68% de las empresas están hoy en manos de mujeres (CONAMYPE, 2026).
Durante años caí en una trampa en la que, apuesto, caemos muchas mujeres: creer que nuestro valor se mide por tareas cumplidas y hacerlas perfectas. Quería ser la que logra hacerlo todo. Nadie me advirtió que ese club, más que medallas, reparte agotamiento; y que esa lista siempre crece. Cuando mis papás enfermaron, les sumé la suya, porque también llegamos a esa etapa en la que sostenemos el trabajo, criamos hijos y cuidamos padres al mismo tiempo.
Aquí va algo que me habría gustado leer a los 25:
está bien ser líder y mamá, empresaria y cuidadora, hija y mujer. Lo que no está bien es la letra pequeña que nos vendieron: que además debemos hacerlo todo perfecto y aparentar que podemos con todo sin despeinarnos.
Seamos honestas: nunca me ha salido todo bien el mismo día. Si la presentación quedó impecable, probablemente la lonchera llevaba lo que había; y si la lonchera parecía sacada de Pinterest, algo quedó pendiente en la agencia. Con los años aprendí a llamar a eso equilibrio, no fracaso. La realidad es que la lista que no se ve, es la que no se tacha en la agenda y en la que además, no tenemos como ponerle indicador de éxito: está en lo felices que están nuestros hijos, la linda relación que tenemos con nosotras mismas o lo saludables que pueden estar todos tus seres queridos.
La lista que no tiene indicadores de éxito de las líderes y empresarias
Muchas veces no elegimos hacerlo todo: nos toca. Las tareas de cuidado siguen recayendo principalmente sobre nosotras mientras intentamos crecer profesionalmente. Y no se trata únicamente de vocación o de realización personal: muchas mujeres son (somos) también proveedoras y no tienen la opción de bajarse de ninguna de las dos jornadas.
La vida terminó de enseñármelo en 2022. Mi tía del alma murió y me dejó la responsabilidad de ordenar una vida entera; mi papá entró a la UCI, mi mamá enfrentó un cáncer y, entre tanto, yo seguía siendo mamá, dirigía Sentidos y cursaba una maestría en España y un diploma en Londres. Todo al mismo tiempo. La vida no me preguntó si estaba preparada; ninguna lista previa me había preparado para eso; pero los años sí te van enseñando a preguntarte cuánto estás disfrutando el proceso.
Y conviene mirar los números, porque esta experiencia no es excepcional. América Latina tiene hoy la menor brecha de género para emprender y una de cada dos mujeres ya ha creado su propio negocio (Mastercard, 2025). Sin embargo, el trabajo doméstico y de cuidado no remunerado sigue recayendo mayoritariamente sobre nosotras: en Colombia equivale al 19,9% del PIB y las mujeres realizamos tres cuartas partes de esas horas (DANE, 2024). Una segunda jornada, invisible y sin sueldo, que empieza justo cuando termina la primera.
Fue en medio de ese año cuando entendí algo que hoy considero fundamental:
dejé de intentar tacharlo todo a la perfección y empecé a ser más amable conmigo misma, básicamente a comprender que lo importante es vivir. No descubrí que pudiera hacer menos porque muchas veces, simplemente, no es una opción; descubrí que sí puedo decidir cómo me trato mientras hago todo lo demás.
Tratarse con más amor no implica rendirse ni dejar de trabajar, sino dejar de perseguir la lista perfecta para reconocer el valor que ya existe en el esfuerzo, en la presencia y en la capacidad de seguir avanzando. Al final, es aceptar que algunas cosas saldrán mal y que eso no invalida todo lo demás. Porque la verdad, TODO está bien y también está bien que no salga perfecto.
Por eso, a las mujeres que lideran, emprenden, cuidan, crían y sostienen, quisiera decirles lo que me habría gustado escuchar a los 25, a los 30, a los 35:
no tienen que hacerlo todo perfecto para ser extraordinarias; ya lo somos. Cambiemos la culpa por orgullo, apoyémonos en otras mujeres como norma y construyamos siempre esa red de apoyo y comunidad.
Veinte años después sigo haciendo listas, y sigo cargando varias vidas al tiempo, como tantas mujeres. Pero ahora tengo una certeza que antes no tenía: lo más valioso de la vida no es tacharla ni completarla, sino vivirla. Y mientras la sociedad aprende a repartir mejor las cargas del cuidado, hagamos un pacto entre nosotras: tratarnos con más cariño, celebrarnos más, apoyarnos como norma y recordar que la única tarea verdaderamente imprescindible en la lista es vivir. Vivir despiertas, bien despiertas, disfrutando el proceso.




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